“Sed Tengo”, la quinta palabra de Jesús. La mejor interpretación para nuestra sociedad

El Reverendo padre Michel Rosario Vargas, en la Catedral de la Vega, nos da una visión correcta del significado para nuestros días.

Freddy Ginebra descifra el significado de la expresión “Feliz como una lombriz”

Como las lombrices

Artículo publicado por Freddy Ginebra en la Revista ESTILOS del periódico Diaro Libre, el 8 de Abril, 2017

6:14 a.m. –Aún no sale el sol y hace frío. Extraña sensación la de vivir en una isla y en el trópico y sentir frío. El sol aún no se atreve a salir, unas negras nubes atajan sus rayos, desde la ventana de mi habitación atisbo la oscuridad. Espero, quiero caminar por la playa y sentir el mar. A las 7:13 a.m. al fin asoma un primer rayo que se coló tímido entre las nubes. Sonrío, soy feliz como una lombriz, no sé de dónde salió esto, pero me lo repito a diario. Un día de estos voy a entrar en Google y averiguar por qué son felices las lombrices, Google todo lo sabe.

Camino lentamente, una garza con sus alas mojadas me observa desde la orilla, me le acerco pero no se inmuta, no tiene miedo y da unos pasos como demostrándome lo elegante que se ve a orillas del mar, estreno otra sonrisa.

A lo lejos diviso pescadores que se afanan por la pesca del día, Portillo sigue siendo mi paraíso privado. Desde alguna ventana se cuela un rico olor a café y el grito de un niño acabado de despertar. Camino descalzo, siento la arena en mis pies y el vaivén del mar que me acaricia.

Cuando camino solo muchas veces me doy el lujo de escuchar música, esta vez me acompaña Beethoven, lo dejo que me sorprenda, otros días menos profundos camino con Juan Luis, José Antonio, Vitico y hasta Alejandro Sanz, depende del estado de ánimo, a Sonia la pongo cuando la quiero sentir a mi lado, y les confieso que aún la lloro. Sonia tiene el poder, a través de sus canciones, de hacerme sentirla cerca y producirme cantidad de recuerdos a su lado, como la primera vez que la oí cantar en Gente, programa que junto a Héctor Herrera hacíamos a finales de los años sesenta. No puedo negarlo soy un hombre feliz, pudiera vivir de mis recuerdos si quisiera, pero al ser presentista al pasado solo acudo cuando necesito reforzar la alegría de mi presente que por momentos se me torna incómodo.

Imagino a una ballena enana que, perdida en el mar, se acerca a la orilla, le acaricio la cabeza y le indico que el resto de su familia continuó hacia Samaná; ella entiende, siempre entienden las ballenas enanas, y agradecida continúa su camino. Detrás cuatro delfines, en absoluta parranda, juguetean en la cresta de una ola; comienza a llover, primero una llovizna tímida. Me dejo empapar y aumenta mi alegría, la ruta se torna borrosa por la lluvia y el paisaje más hermoso. De mi sombrero comienzan a filtrarse unas grandes gotas de agua, arrecia el aguacero, no intento escapar debajo de una palmera; por el contrario, mar y lluvia, junto a la melodía que escucho, transforman el momento en algo inolvidable.

El sol insiste en espantar la lluvia, un arco iris comienza a formarse en el firmamento… ahora entiendo a las lombrices… son tan felices como yo.

Andrés L. Mateo compara al presidente Danilo Medina con el sapo de una vieja fábula

Reproducimos íntegramente el texto aparecido en el periódico HOY, el jueves 16 de Marzo, del 2017, de la pluma de Andrés L. Mateo
Danilo y el cuento del sapo

AndresLMateoNuevoUn astuto Sapo fue atrapado por unos niños traviesos, y discutiendo qué harían con él se plantearon la alternativa de arrojarlo al río o quemarlo en el fuego. Como se trataba de un Sapo astuto, inmediatamente después que estalló el dilema de los niños, el Sapo fingía temblar de solo pensar que lo lanzaran al agua. Gritaba bien alto que prefería el fuego, y sus exclamaciones eran tan convincentes que los niños malvados olvidaron que la naturaleza verdadera del Sapo era el agua, aunque aun así dudaban: “Por favor arrójenme al fuego, tengan piedad de mí”- les voceaba-, y viraba los ojos como un desesperado, como alguien que, en efecto, se estuviera ahogando. No es que los niños fueran tontos, pero el Sapo torcía los ojos con tanta vehemencia y credibilidad que el solo hecho de mirarlo dibujaba la angustia que significaba morir ahogado. Terminaron por decidir arrojarlo al río, y el temblor del Sapo se agigantó en el mismo momento en que proclamaron su decisión: “!Al agua Sapo cobarde! ,- dijeron los niños- , y con un envión lo arrojaron al río. Tan pronto el Sapo sintió la superficie blanda del agua se impulsó hacia arriba y dio tres vueltas en el aire, los niños alcanzaron a verle la cara risueña y un rictus burlón que no pudieron descifrar del todo, porque el Sapo saltaba y saltaba hasta que se perdió de vista. Los niños sintieron para sus adentros, sin duda alguna, el amargo sabor del engaño.
Recordé esta historia de mi infancia escuchando y mirando al presidente Danilo Medina defenderse de las declaraciones de Gilberto Silva, uno de los administradores de los fondos que ODEBRECHT había destinado para sobornar funcionarios y pagar campañas electorales de los proyectos políticos que tenían perspectiva de ganar elecciones, y que les garantizaban obtener contratos. Gilberto Silva dijo que más de tres mil seiscientos millones de dólares fueron invertidos en esta estrategia de financiar proyectos políticos en cinco países del continente, y que entre ellos estaba la República Dominicana. Es bueno saber que Gilberto Silva no fue, en este tinglado mafioso de carácter internacional, un “carajo a la vela”, y que cuando dijo que Joao Santana fue quien distribuyó ese dinero para cooptar el favor de los proyectos políticos de esos cinco países, sabía perfectamente lo que decía, porque él vivió aquí en la República Dominicana, y trabajó en la oficina de la calle Helio #2, junto a Joao Santana, Asesor del presidente Danilo Medina. Pero la reacción del presidente Medina ante la acusación fue la del astuto Sapo: “
“!Impútenme, Impútenme!- Gritó el presidente.
“¿Por qué no esperan el final de las investigaciones”?
Y culminó con toda esa arrogancia mirando fijamente a los periodistas que lo cuestionaban. Como el Sapo, eligió que lo lanzaran en su elemento natural. Lo que él quiere es que lo imputen, ¡que lo imputen! Claro, toda esa argumentación se puede derribar preguntándole al presidente:
¿Ante quién lo imputo?
¿Ante el procurador?
¿Ante el fiscal?
¿Ante el Jefe de la policía?
¿Ante quién, presidente?
No fue que a Danilo Medina se le olvidó aquello de “mi” Congreso, “mi” justicia, “mi” país; es que como el Sapo lo que prefiere es que lo tiren en su elemento natural. Truena así porque sabe que aquí no hay justicia verdadera, y que el procurador es un alter ego, y que la mayoría de los jueces son políticos con toga y birrete, y que el conjunto de las instituciones padecen de anomia, y que la corrupción es un sistema, y el propio caso de ODEBRECHT es la manera como ése sistema se pone al descubierto y muestra el esqueleto de la descomposición de un régimen mil veces corrupto. Si el presidente quiere que lo imputen que se someta a una investigación verdaderamente independiente, con fiscales creíbles, y jueces honorables. Pero lo que él desea es que, como en el cuento del Sapo, lo arrojen al agua. Un astuto Sapo fue atrapado por unos niños traviesos. Un astuto presidente, atrapado, cree que nos puede engañar a todos, como el astuto Sapo de mi historia infantil.

¿Para qué vienen al mundo los escritores? Interesante ensayo de Federico Henriquez Gratereaux

Publicado el 13 de Marzo en la columna “A puro pulmón” del periódico HOY

OLEAJE DE LAS COSAS

6582686-MHay escritores – cultos e inteligentes – que no consiguen nunca escribir con suficiente “expresividad y poder persuasorio”; piensan menos en el problema que tienen delante que en lo que dirán los lectores de sus trabajos literarios; les preocupa que sus temas parezcan “atrasados asuntos” del siglo XIX o del siglo XVIII. Desean estar “en la cresta de la ola”, participar en el “último grito de la moda intelectual”. Los grandes problemas de los hombres son eternos; tienen una cara antigua y otra contemporánea, que es difícil ver en su integridad. Los asuntos humanos permanentes operan con un “corsi-ricorsi”, un ir y venir que nos hace creer que han desaparecido cuando, en realidad, están a punto de volver.

El empeño en estar “up-to-day” incluye el uso de términos técnicos de computación, o frases propias del lenguaje de publicistas y mercadólogos. Las palabras de la lengua común llegan a parecerles “demasiado comunes” para redactar con ellas sus “comunicaciones académicas”. Una vez se ponen de moda las expresiones de “los futurólogos”, son adoptadas por escritores y periodistas que disfrutan envolviéndose en ese “ropaje verbal” ajeno. Es triste comprobar que cuando no se trata de un futurólogo, puede ser algún lingüista que les preste algunas palabrejas, más prestigiosas que decidoras, más rimbombantes que aclaradoras. Chomsky y Skinner, dos intelectuales creativos, han contribuido sin quererlo al fracaso de algunos escritores “miméticos”.
Los trabajos intelectuales o estéticos, deberían ser enfrentados en la lengua de todos los días, con muy pocas “ayudas terminológicas procedentes del extranjero”. En primer lugar, para no oscurecer la comunicación con el lector; y además, para no confundir al propio expositor en su navegación entre objetos poco diferenciados o recubiertos de bruma. El chisporroteo de las pretensiones intelectuales les hace perder energía nerviosa, imprescindible para esclarecer los verdaderos problemas.
Todo se resume a “estar pendiente de los otros”; unas veces para imitarles, otras veces para denostarles. Si un escritor mira, desde alguna playa del mundo, “el oleaje de las cosas”, no debe permitir que le entre arena en los ojos. Debe mirar el oleaje detenidamente, intentar descomponer los colores de las aguas, medir la fuerza de las mareas e identificar peces escondidos. Para eso vienen al mundo los escritores.